Medallones de solomillo de cerdo con salsa de whisky y cebolla trufada


Acabo de leer una estupenda entrada de Ajonjolí, en su blog La flor del calabacín, por cierto, muy recomendable por ser exquisito y atrevido, en la que decía que, a pesar de parecer vegetariana, no lo es, pues a menudo siente deseos de comer carne. Pues bien; a mí me sucede algo similar. Reconozco no ser una fan de la carne en general, pero, de vez en cuando, tras pasar muchos días sin probarla, mi cuerpo experimenta unos deseos casi irrenefrenables de masticar carne. Debe ser algo muy interno en mi naturaleza, porque, pensándolo fría y racionalmente, me da cierta grima el sentir esa necesidad fisiológica; pero qué le voy a hacer, reconozco y admito al animal que vive en mí. Luego de comer mi ración de carne, me vuelvo mansita y nuevamente vuelvo a mis cauces habituales: comer verduras, pasta, fruta y también pescado... Bueno... no sé si rectificar en cuanto a lo de "mansita"... 
He pensado más de una vez volverme vegetariana, pero sé que mi carácter y mis necesidades orgánicas no se sentirían satisfechos al cien por cien y, dado que estaré disfrutando de la vida no sé por cuánto tiempo, pero en cualquier caso, nunca indefinidamente, termino decidiendo dejar esta cuestión filosófica y trascendental para más adelante; para cuando sea "mayor". Y pienso: "¡Pero si ya soy mayorcita!. ¿Para cuándo lo voy a dejar?". Irresoluble cuestión... La dejaremos para otro momento.
Tras esta introducción, decirles que ayer compré un fantástico solomillo de cerdo a muy buen precio y esta mañana le di muchas vueltas al hecho de cómo prepararlo. Quería algo distinto y creo que lo conseguí. Buceé en la blogosfera y encontré numerosas recetas de solomillos al whisky; solomillos trufados; solomillos encebollados; solomillos... solomillos... solomillos. Al final, como casi siempre termino haciendo, hice lo que me vino en gana. No hay manera de que me ciña jamás a una receta y no es por ganas... Más bien pienso que se debe a mi incapacidad de imitar correctamente a los demás; o, quizás, a mi capacidad exagerada de saber expresar mis deseos culinarios y llevarlos adonde me pide el cuerpo. No sé... Juzguen ustedes.

Los ingredientes son sencillos de encontrar en cualquier supermercado, mercado o tienda de barrio:
- un solomillo de cerdo (cortarlo en medallones bien gorditos)
- papas medianas (cortarlas en ruedas y freírlas hasta dejarlas doraditas)
- 1 cebolla grande cortada en juliana
- habichuelas y zanahorias cortadas en ruedas (cocinarlas al vapor).
- una trufa negra en conserva (yo la compré en Carrefour y no está mal)
- 1/2 vaso de whisky
- el zumo de medio limón
- 1/2 vaso de caldo de verduras (siempre tengo en la nevera algún tupper con caldos de mis verduras, del pollo, etc.)
- sal gruesa, pimienta blanca molida, 2 cucharadas de postre de azúcar morena, 3 cucharadas soperas de aceite de oliva extra virgen, 1 cuchara sopera de harina de millo (de maíz)
Tenemos los ingredientes; y ahora... ¿qué hacemos?.
1º) Sellar y dorar los medallones de solomillo en el aceite con el calor o fuego bien alto. Con 2 minutos a tope será suficiente. Sacar de la sartén, salpimentar y reservar.
2º) En el aceite de haber frito los medallones, echar la cebolla y pocharla a fuego bajito, añadirle el azúcar y caramelizarla. Incorporar el whisky y subir el fuego hasta que el alcohol se evapore y la salsita reduzca. Añadir el caldo caliente, rehogar y añadir la harina. Ahora es el momento de triturar esta salsita para que quede fina (pero sin pasar por el chino, que, si no, no tendría gracia). Volver a poner en la sartén al fuego y echarle el zumo de limón y la trufa negra bien laminadita. Bajar el fuego y esperar a que reduzca y espese. La consistencia ideal es casi gelatinosa... Es una textura muy interesante, melosa y agradable al paladar, lograda gracias a la acidez del limón.
3º) Con el fuego o el calor al 75%, incorporar los medallones de solomillo, bañarlos bien en la salsita y terminar de hacerlos durante unos 5 minutos. He leido recetas en las que señalan "30 minutos al fuego", lo que me parece una burrada y que puede arruinar la carne de solomillo. Ahora bien, cada cual es reina en su casa y en su cocina. ¡Faltaría más!. A mí me quedaron sonrosaditos, tiernos y suaves... Realmente increíbles. 
4º) Montar el plato: poner una cama de papas, encima las habichuelas y zanahorias y los medallones de solomillo coronando este estupendo y sabroso plato. Regar con la salsita (no es por nada, pero deben probarla...) y a comer.
 He hecho solomillo de cerdo en muchas ocasiones, pero, sin duda, ésta es la vez en que mejor me ha quedado. La salsa de whisky y cebolla trufada es original y delicada. En ella se respira el aroma del whisky, sobre todo cuando, al masticar lentamente, la lengua envía esos sabores y, sobre todo el aroma, al cerebro para que los analice. La trufa simplemente se intuye; no es un sabor que destaque, pero los matices que se perciben son de tierra mojada. Simplemente exquisito. 
Les puedo asegurar que merece la pena probarlo. Yo repetiré. 

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