Un duro y maravilloso día de campo

Estos días estamos subiendo a ayudar a mis padres en su finca en las medianías grancanarias. En una finca siempre hay cosas que hacer y el trabajo, si no estás acostumbrad@, resulta duro, aunque, también puedes buscarle muchos alicientes estupendos, motivos para el disfrute.







Por ejemplo, es duro ver la foto anterior, que corresponde a las plantas de las papas que teníamos el año pasado más o menos por estas mismas fechas, y compararlas con la situación de este año, en que no tenemos ni una sola plantita, porque los distintos temporales de viento y agua que hemos padecido en Gran Canaria han acabado con ellas. Esto es muy duro. Sabes que te has partido los riñones sembrándolas, poniéndoles mimo, calzándolas cuando empiezan a crecer y cuando ves que empiezan a ponerse bonitas... ¡zassssssss...!. Viento, agua a baldes, granizo (aquí no, por suerte). Pero, quien trabaja en el campo sabe que estas incidencias forman parte de la naturaleza y es casi un imposible luchar contra ellas. Lo aceptamos o nos desquiciamos.








Pero, por otro lado, compensa ver los naranjos a rebosar, el aguacatero que no ha parado de dar aguacates desde finales de octubre, las habas imparables y llenitas de vainas, las acelgas y las bok choi (también se las llama pak-choi) exuberantes, las aromáticas, imprescindibles en mis platos, compiten entre sí para lograr crecer y despuntar entre las demás... La vida se abre paso con o sin nuestra ayuda.

Las plantas, otro de los hobbies que ocupan mi vida diaria, se encuentran en completa plenitud en estos meses en las Islas Canarias. El agua y el frescor de los días y especialmente de las noches contribuyen a que plantas verdes, flores y bulbos se encuentren rabiosos de energía y dedicadas en cuerpo y mente a la ardua tarea de reproducirse ayudadas por el viento, los insectos e incluso el trasiego de los humanos que pululamos a su alrededor trasportando sus semillitas por doquier.
Me encanta perder el tiempo revoloteando alrededor de las flores, como hacen las mariposas, los grillos, los sarantontones (mariquitas), los saltamontes, las abejas, los abejorros, las arañitas... Todos esos bichitos son una herramienta imprescindible para que la vida en el campo continúe. Con la cámara en ristre, me voy arrastrando entre ellas y fotografiando su increíble belleza; esos colores que atrapan la mirada; sus formas elegantes y suaves. Descubro el interior que me muestran descaradas y risueñas, entregadas por completo al arte de la seducción que no tiene otro objetivo que el de perpetuar su especie. Obscenas y pudorosas al mismo tiempo. La naturaleza en estado puro.







Volviendo al día de campo... Después de arrancar hierbas hasta tener agujetas en las piernas y en las lumbares; después de dar muchos viajes con la carretilla y de trasladar macetas y enseres de un lugar para otro, nos entretuvimos en recoger lo que la tierra nos ofrece dura pero amablemente; y es tan grato poder comer sus frutos, jugosos, llenos de sabor y con un aroma inigualable... Recogimos unas acelgas estupendas, bok choi o pak-choi (es una hortaliza muy usada por los asiáticos y que, de un tiempo a esta parte, mi madre planta en su huerto porque es una verdura de maravilloso sabor y rinde muy bien en nuestra tierra y con nuestro clima), aguacates, algunas naranjas, guayabos y unos rábanos que son dignos de exponer.

¡Menudos rábanos!. De los rábanos hacemos, con sus hojas, ricos y nutritivos potajes; y con el tubérculo, salen unas ensaladas frescas y unas salsas picantonas deliciosas. Tengo entendido que los centroeuropeos suelen hacer salsas de diferentes tipos utilizando este curioso, picantito y sabroso tubérculo. A ver si  alguna persona se anima y sube alguna receta en la que se emplee el rábano como ingrediente principal. 
No me digan que no se les van los ojos mirando este hermoso cesto de hortalizas y frutas. A mí me parece que es una obra de arte natural... ¡Qué bodegón más maravilloso!.
Pero, aquí no quedó la cosa. Después de pasar toda la mañana trabajando al sol, porque el señor sol no quiso ocultarse tras una nube ni una sola vez, nos dimos un festín digno de unos curtidos trabajadores del campo. Unos lomos de salmón fresco simplemente salpimentados, regados con zumo de limón recién cogido del árbol, y cocinados en las brasas sobre un lecho de hinojo acabadito de arrancar de la tierra. ¡Qué aroma flotaba en la terraza!. ¡Cómo agradecieron nuestros cuerpos este delicioso manjar del mar!.
¿Es o no es "sano y de rechupete"?.

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