El juego del verano: quinta escala del viaje

Hemos comido y bebido estupendamente en la hermosa región de Campania, en  Italia, y descubierto el Monte Vesubio, un volcán muy peligroso que preside las vistas de la alegre y bulliciosa ciudad de Nápoles. Con tan buen sabor de boca, podemos despedirnos con un arrivederci, mientras tomamos un avión que nos llevará a descubrir las mieles americanas. ¡Despegamos hacia Argentina! 

Buenos Aires nos espera, receptiva, divertida, dinámica y culturalmente activísima. Esta París del Sur se ubica en una extensa llanura, con una climatología suave y con agua, mucha agua, dulce y salada. La Reina de la Plata destaca por su ecléctica arquitectura, donde se entremezcla el estilo colonial español, el art decó, el art nouveau, neogótico moderno, francés borbónico, postmodernismo... Para desplazarnos por esta la urbe emplearemos el Subte, el metro más antiguo y mayor de toda Iberoamérica; porque hay mucho que ver en la cosmopolita Capital Federal: la importantísima Plaza de Mayo y la Casa Rosada, en el Barrio de Monserrat; el Barrio de San Telmo con el Parque Lezama y la famosa Feria de Antigüedades; el Barrio de Recoleta, turístico y cultural a la vez; Puerto Madero, un distrito marítimo muy exclusivo de la ciudad porteña; La Boca, emblema de los inmigantes bonaerenses, con su famoso Paseo El Caminito, La Bombonera, la famosa cancha de fútbol del Boca; etc.  Visitaremos alguno de sus muchísimos teatros, como el  célebre Teatro Colón, y nos tomaremos un mate en alguno de los Bares Notables, protegidos, que son Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires, entre los que destaca el Café Tortoni. Habremos de comer, claro está, y yo soy incapaz de resistirme a una empanada de carne de res y a cualquiera de los exquisitos platos de pasta de la variada gastronomía porteña, tan influenciada por Italia. Quizás tengamos la fortuna de poder ver bailar un tango en alguna plaza, mientras suena una música cadente y alguien canta en el habitual lunfardo.

"Mi Buenos Aires Querido,
cuando ya no te vuelva a ver..."

De la capital argentina a la capital de Chile, rodeada por las Cordillera de la Costa y de Los Andes y cruzado por el río Mapocho. En Santiago de Chile vamos a caminar, porque sus hermosas zonas verdes lo requieren. Visitaremos el Palacio de la Moneda y la Plaza de Armas, en la que nos entretendremos disfrutando de los muchísimos artistas callejeros que allí se congregan. No estaría mal conocer el Pueblito los Dominicos, donde podremos admirar la artesania chilena. El Parque Metropolitano de Santiago es uno de los parques urbanos más grandes del mundo y reúne el Zoológico y el Jardín Botánico. Bajaremos mediante el funicular hasta el Patio de Bellavista, un barrio bohemio donde aprovecharemos para tomar un delicioso helado. Si seguimos hasta el Mercado Central, allí podremos encontrarnos con una oferta impresionante de locales gastronómicos. Pescados y mariscos traídos desde la costa se pueden degustar hasta altas horas de la madrugada, acompañados de un buen vino chileno. Y si nos apetece algo dulce, la repostería de este país satisfará a los más golosos: desde los típicos y clásicos alfajores, pasando por el mote con huesillo, hasta las sopaipillas, menos conocidas fuera de las tierras andinas. Más tarde, podríamos disfrutar del ocio nocturno del barrio Lastarria, cuyas calles tienen un aspecto muy europeo. A pocos kilómetros del centro de Santiago, existe una reserva natural rodeada por la Cordillera de Los Andes que no podemos dejar de visitar: el Santuario de la Naturaleza, cuyos caminos y veredas son extraordinarios para hacer senderismo e incluso ciclismo.

¿Continuamos nuestro viaje...?

quinta escala en nuestro viaje alrededor del mundo.

¿En qué zona geográfica del mundo estamos?

Donde el mar se hizo tierra y roca,
sal, fuego y vapor;
donde lo extremo se convierte en norma,
y, en zonas, el agua jamás cayó.

Bajo un sol de oro y la plata lunar,
gentes antiguas yacen, el tiempo les ata,
vigilante, les mece en su cama
y, en el seco vacío, les quiere ocultar.

En los ojos más altos de este mundo,
se reflejan todas las estrellas,
grandes, medianas, chicas, todas bellas,
en el cielo oscuro más profundo.

Muy cerca, un pueblo que es piedra santa,
que es su entrada a la nada, su mirador,
ve de lejos cumbres, altas, blancas
y de noche siente frío y de día, calor.


Tesoro que hemos de encontrar.

Sobre este paraje de otro planeta,
de yeso, arena, arcilla y sal,
casi nada camina, casi nada vegeta,
sólo quien de lejos lo viene a admirar.

Atardece en silencio en este santuario gris,
luego rojo, en blanco y negro aquel cañón;
una duna quieta mira la escena con atención
y el visitante nunca fue más feliz.

En la distancia, una montaña de fuego se ve,
a lo lejos perfecta, blanca y oscura,
su corona es ahora una profunda laguna,
y miles de aves rodean sus pies.

Pedes in terra ad sidera visus.

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